miércoles, 5 de diciembre de 2007

Generación

Aquí rescato otro clásico proveniente de "Los Niños de Colonia", por petición popular.

Ya todos somos mayores. Ya es mayor nuestra generación, ni perdida ni encontrada, nacida mientras el cuerpo del dictador ya llevaba unos añitos frío. Una generación en la que se pusieron esperanzas e ilusiones, una generación nacida en libertad. Íbamos a ser la generación del futuro, de los viajes espaciales, de mundos artificiales, hijos de la Era de la Información, vecinos todos en una aldea global. Nos han puesto en las manos herramientas del futuro, pero las ponemos al servicio del pasado, de la nostalgia, recordando tardes de dibujos animados, nocilla y mercromina, de cuadernillos Rubio y de gameboys grises compartidas. ¿Quién no ha leído ese famoso e-mail sobre los nacidos a principios de los ochenta? Tiene parte de razón, aunque toda generación ha creído indefectiblemente que los que venían detrás eran más tontos. Quedémonos con lo bueno, con lo cierto, y con lo triste, con lo que se dice y, sobre todo, con lo que no se dice.

Es verdad, fuimos aquellos niños maravillados por pantallas de colores, en las que gastabas un tesoro de veinticinco pesetas por tres vidas, sabiendo que, si morías, verías un Game Over seguido de un Insert Coin. Los últimos niños que jugaron en parques de cemento y de metal, porque fuimos los primeros en encontrarnos allí las jeringuillas que mataron a nuestros hermanos mayores. Las guerras eran algo que sólo ocurría en el pasado y en el Golfo, pero las que nos gustaban ocurrían en galaxias lejanas, muy, muy lejanas, en las que las linternas se convertían, manejadas con valentía, en espadas láser. Y sabemos lo que significa perder un tazo de manera injusta, y, de hecho, no teníamos dudas de lo que era una injusticia.

Y, digan lo que digan, la inocencia de nuestra generación no se perdió con el primer porro, ni con el primer kalimotxo. No se perdió el día del primer beso, ni el día de la primera vez de los más precoces... No.

Nuestra inocencia se perdió cuando nos hicieron creer que el camino estaba hecho, que éramos los últimos invitados a esta fiesta, y que no había que preocuparse de nada. Todo iba a ser regalado, y los problemas de las noticias estaban muy lejos del sofá. ¿Y no era ese el objetivo de los que tanto se esforzaron por nosotros? ¿Garantizarnos un mundo perfecto, seguro, cómodo, de frigoríficos rebosantes y mesas servidas?

Fuimos los primeros que lo tuvimos todo, pero los últimos a los que nos lo han recordado.

Nos dicen que hemos de estar agradecidos. No tengo ninguna duda de que su intención era buena. Supongo que eso es lo que cuenta. Gracias a todos mis mayores, porque en su lugar yo hubiera cometido sus mismos errores.

Tal vez este agradecimiento no sea más que una forma de expíarme a mí mismo ante el futuro, esperando ser perdonado por los nuevos errores que sí voy a cometer.

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